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lunes, 25 de septiembre de 2017
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pixel Antoni Julià, educador
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TESTIMONIOS
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Antoni Julià: Like a rolling stone
06/ene/2011

Eduard Reboll

Artículo preparado para su descarga en pdf 

Vida cotidiana, experiencia de lo aprehendido, y la destrucción de los dioses

Toni JuliàEl adoquín aún húmedo y ensangrentado del boulevard Sant Germain era casi idéntico al que había en muchas calles de Barcelona en aquellos años posteriores al mayo del 68 parisino. La ciudad sería una zona de ensayos sociales y cotidianos en aquel tiempo. Con el mismo estilo de peinado que exhibe J. Bardem en No es país para viejos de los Cohen y una barba tupida y nada socrática, Antoni Julià me recibió en su despacho para una entrevista. Iba a incorporarme a una experiencia única. La que más ha marcado mi vida junto a mi práctica analítica en el diván como sujeto: l´Escola d´Educadors Especialitzats (la Escuela de Educadores Especializados).

Fueron los últimos años del franquismo un terremoto contenido de cambios en la manera de entender lo cotidiano. El movimiento marxista que luchaba entre sí para identificar cuál iba ser “la verdadera” estrategia de futuro. Propuestas libertarias hermosamente utópicas unas, o jocosamente serias, otras. Encarcelamientos masivos en la prisión Modelo por participar en las protestas obreras o estudiantiles. Aperturas hacia el amor libre y las comunas heredadas de la filosofía hippie de la década anterior. Abundante desempleo juvenil que permitía a algunos disfrutar del tiempo libre y emplearlo en la lectura de los existencialistas o la generación beat, las artes plásticas ligadas al arte povera o pop, la música underground y laietana o el teatro de calle. Huidas al campo en busca de uno mismo para encontrar la paz o el efecto placentero de las drogas como base de experimentación y experimentación con el conocimiento. O el regreso a la tierra en busca del agricultor autosuficiente en otros casos. Se inició el despertar de la liberación de la mujer en el estado español y los primeros brotes verdes -que decimos ahora- en la comunidad gay. En el movimiento vecinal, la gente se organizaba para reivindicar sus espacios públicos de relación o simplemente para pedir el asfaltado de sus calles.

Toni JuliàPero fue en la corriente protagonizada por los maestros y profesores universitarios donde más se notó la pugna por determinar la ideo-metodología que iba a establecer el futuro estructural de un sector tan pujante socialmente hablando como era el del aprendizaje. Antoni Julià ya había escogido su lugar en este espacio: la educación especial, y una nueva figura en el medio que se incorporaba en el organigrama: el educador especializado, hoy llamado educador social. Un modelo educativo de importación francesa (Toulouse) que estaba contribuyendo con muy buenos resultados en los centros educativos de atención al “marginado” –...vocabulario de la época para todo el que no era “normal”- y que junto a un equipo de tres profesionales más, Isidre Bravo, Pep Mateu y Faustino Guerau, iban a marcar en este ámbito un antes y un después en esta área en nuestro país. Influidos quizás por el movimiento situacionista de Guy Debord, todos sus miembros profesaban, de una manera u otra, estos cambios que sacudieron lo que hoy ya es de una forma normalizada -...con sus más y sus menos- una realidad, sino compartida, al menos respetada entre la sociedad actual.

  • Que la educación no consistía en una carrera para transmitir contenidos sino una manera natural de relacionarte con el educando a partir de tu propio bagaje personal: “No vas a poder transmitir nada si tí no lo has aprehendido primero e incluso si sabes nada o muy poco de ti mismo a la hora de impartir los conocimientos”, dijo en alguna ocasión. En este aforismo entendí que había varios modelos a la hora de educar y no tenía por qué argumentarse un patrón fijo de educador que fuera para todos el mismo.

  • Aprehendí como diferenciar el concepto de aprender del de aprehender (aunque suene descabellado, me quedo con el último... es más seguro).

  • Algo tan sencillo hoy para ustedes como diferenciar entre educación y enseñanza.

  • Integré que la construcción del conocimiento y del cambio en la intervención con el educando partía de la observación y la experiencia psicoafectiva y/o emocional entre tú y él.

  • Que las técnicas eran herramientas a utilizar según qué clase de “averías” educativas surgieran. Y que en educación no había dos problemas iguales. Todo tenía un contexto específico a estudiar. Por lo tanto una solución abierta para ser contrastada.

  • Que la competitividad en las calificaciones sólo servía para medir el nivel intelectual de los pupilos, pero nunca la motivación, el sistema de valores, el interés o el campo afectivo de los sujetos entre otros temas.

  • Aprehendí que quien trabajaba en educación especial quizás tenía algo de “especial” también en él/ella que se tenía que “tratar” antes –o mientras- seguía en su lugar su trayectoria de trabajo.

  • Amé a los piagetianos por su labor en la elaboración de las etapas cognoscitivas en la edad infantil, tan útiles para diseñar contenidos (Dolors Renau).

  • Me reí de los freudianos al principio y al final acabé, por suerte (perdón, por decisión propia) en un diván.

  • Llevo en la práctica cotidiana aún la experiencia grupal como fuente de intercambio entre individuo y grupo (Joan Palet). El método de Joan de implicarse como sujeto en el grupo fue básico para entender lo que posteriormente y coincidiendo con la película de Luchino Visconti, La caduta degli dei, voy a tratar al final.

  • El arte y la lírica de Ricard Creus. El psicodrama y la expresión corporal con Jordi Sierra o las bases de la psicomotricidad con Carme Carrió han permitido en mí el goce y la aplicación de lo aprehendido con algo que personalmente imparto en mi vida profesional como profesor, comisario de arte, periodista o escritor.

  • Las bases sociológicas de la educación impartidas por Juli Sabaté como las expectativas y roles que se crean con los ciudadanos según su posición social o profesional.


Homenaje aToni JuliàPero quizás el mejor aprendizaje que sonsaqué de Antoni Julià para alguien que creía que sólo la religión salvaba al individuo –con todo respeto para los creyentes- fue que no había ni santos, ni profetas, ni apóstoles que vinieran a sacar de tus entrañas el mal, ni a posar el bien para tu satisfacción. Si algo sirvió ver “pecar” a Toni como hombre fue para sentir la normalización y el desequilibrio que todos tenemos dentro, sin negar para nada la lucidez de sus observaciones. Pecados tan hermosamente expuestos al ágora como su ira frente a la injusticia o la irresponsabilidad. Su mal humor por razones no específicas o interiores, sus silencios deliberados o su autoritarismo frente a juicios que consideraba esenciales para seguir con su proyecto. Y digo estos aspectos con mucho orgullo porque si algo aprehendí de él es a desmitificar y a desmitificarlo. A defender con argumentos lo que uno cree. A dudar de los gurús o salvadores. Y a utilizar la distancia frente a la desavenencia, no para huir, sino para ver “out of the box” (decimos en inglés) el otro lado del sujeto.


Antoni Julià fue por excelencia el observador, el científico social que usaba el empirismo para responder al conocimiento del problema con una mezcla de intuición racionalidad y pasión en la respuesta. Utilizó la dialéctica como nadie, e hizo de ella su mejor arma para definirse a sí mismo y permitir que los demás sacaran lo mejor de sí.

En resumen: fue un catalizador y la Escola d´Educadors Especialitzats una sopa excelente de variedad de productos. De encuentros entre cristianos por el socialismo y ateos. Mujeres liberadas y amas de casa con preocupaciones sociales. Anarquistas con sueños antitodo que bajamos a la realidad, y profesores clásicos aburridos del método tradicional que modificaron sus planteamientos de intervención. Niñas bien que maduraron en el proceso formativo y sacerdotes progresistas que abandonaron la iglesia. Mujeres obreras que dejaron su oficio en la fábrica para trabajar de educadoras y también personajes que acabaron mal o, simplemente, cambiaron su orientación profesional a lo largo de sus vidas.

Si hubiera hoy un epitafio para en Toni yo sugeriría éste:


encara ens mou...

(todavía nos mueve...)

Toni Julià
Busquen en la imprecisión del sujeto y la acción, todas las metáforas posibles del abanico de significados donde podamos añadir cualquier sustantivo después de los puntos suspensivos. Pero les aseguro que cuando estabas junto a él, al finalizar una conversación por ejemplo, mucho de ti había cambiado de lugar. No tengo dudas de que el fue un revolucionario, y aprovechando el sufijo ario, le podríamos añadir el prefijo visio. Él fue, como bien compusiera Bob Dylan al cambiar el estilo de su música que marcaría un nueva época en 1965: Like a rolling stone.

PD. Este escrito se basa en apreciaciones subjetivas sin ninguna base de culpabilidad, experimentadas en una etapa muy concreta entre 1973 y 1975 (no puedo precisar con honestidad la exactitud, pero creo que fueron estas fechas) como alumno de la 5ª promoción de la Escola d´Educadors Especialitzats. He utilizado el vocabulario educativo y psicológico de la época porque el abandono de la profesión no me ha permitido renovarlo.

Gracias por haberme invitado a este homenaje, pero estoy seguro que si levantara la cabeza en Toni hoy... ens renyaria.


Atentamente

Eduard Reboll
Miami 6 de abril de 2010


 

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