La Democracia Deliberativa como herramienta de la sociedad civil

Número 24. MISCELÁNEA. 21/1/2017
Autor: Sara Silva Vázquez, Educadora Social, Máster en Servicios Públicos y Políticas Sociales.

RESUMEN

En este pequeño artículo se intenta explicar qué es la Democracia Deliberativa y cómo se logra. Se intenta también dar cuenta de la fuerza de los movimientos sociales a la hora de realizar transformaciones sobre nuestra realidad y el importante papel que juegan en el contexto social y de lo que la ciudadanía siente hacia el ámbito político. Además, se habla también de la educación en valores como el arma más eficaz para construir conciencia crítica en la gente, la cual nos llevará a la cohesión de una sociedad civil fuerte, estructurada y cohesionada, que es el arma más eficaz, legítima y justa, de luchar contra las injusticias que nos afectan.

Toda esta reflexión se ha llevado a cabo a través de una revisión teórica sobre lo que es la democracia y algunos factores que intervienen en ella. 

PALABRAS CLAVE
Sociedad civil Democracia deliberativa Ciudadanía activa



La Democracia Deliberativa como herramienta de la sociedad civil

Cuando a la ciudadanía se le habla de política su reacción va, en muchas ocasiones, en dos líneas estrictamente ligadas. Y es que a menudo la primera conduce a la segunda: la primera es la del enfado, frustración, el sentirse engañados, manipulados… y la otra puede verse en el camino de la resignación: nos quejamos, sí, pero seguimos callados. Entre otras cosas porque pensamos que no está en nuestra mano el poder aportar algo que consiga el beneficio común. Pero no puede y no debe entenderse política sin discusión ni conflicto. Y no hay que escapar del conflicto ya que este es positivo en muchos casos. El problema está en la gestión del mismo. El conflicto nos lleva a intentar llegar a procesos de consenso a través del diálogo (Brugué, 2011) en los que todos/as podemos/debemos participar y estos, a la  democracia deliberativa. Nuestro ideal de política debe ir en esa dirección, configurando la palabra y el entendimiento como la herramienta fundamental del progreso.

“La democracia supone la formación de voluntades colectivas legítimas sustentadas en el principio de soberanía popular” (Sojo, 2009:6).

Pero lo que sucede en muchas ocasiones es que el/la ciudadano/a piensa que no forma parte del sistema, lo cual lo/a sitúa en una situación contraproducente por otras dos razones: la primera porque es observador de un conjunto de acciones, pautas, normas, decisiones… que le afectan de forma más o menos directa y ante las cuales siente que no puede hacer nada. La segunda, y creo que la más perjudicial, porque se sitúa al mismo tiempo en una situación de comodidad. Seguirá siendo observador/a, continuarán sus quejas y su mal estar, su frustración… pero esta posición le hace ser pasivo/a de un contexto que reclama su actuación y su atención. Al final, sumando a todas aquellas personas que mantienen esta filosofía nos encontramos con que no somos un país que se mueve, sino que sólo lucha puntualmente y que no es capaz de formar una verdadera red de sociedad civil.

No debemos obviar tampoco la lucha de aquellos movimientos y luchas del pasado o del presente. Un ejemplo de ciudadanía activa actual lo podemos encontrar en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), pura participación. Y es que hemos visto y podemos seguir viendo que cuando verdaderamente hay un problema social que hace daño a buena parte de la sociedad el sentimiento de lucha se despierta de repente, como si se acabase de encender un interruptor que abre paso a la acción ciudadana. El problema es precisamente ese. ¿Debemos esperar a que exista un problema de dimensiones tan importantes para que decidamos comenzar a movilizarnos?

 

Imagen de Matias DQ en Flick

No quiera parecer este texto una llamada a la revolución contra el sistema. Lo que aquí se viene defendiendo es democracia deliberativa para el pueblo, se reclama su implicación, su compromiso y su confianza. La política no sólo se hace en el Congreso de los Diputados ni sólo la hacen los políticos y si es así, no debiera serlo. Dice Brugué (2011:159) que “la política existe porque existen los conflictos entre intereses y visiones alternativas, y porque necesitamos (…) vivir juntos”. El problema de la política no es un problema político, es social. Y aquí es donde entra la deliberación, porque es a través de ella donde nosotros debemos ocupar nuestras posiciones.

La construcción de la legitimación de democracia deliberativa pasa por la esfera pública (Pinheiro, 2011). Es esta una forma más de expresar que la democracia (la deliberativa, no la representativa) está en manos de la sociedad, quien debe tener la posibilidad, la oportunidad, el derecho… de que se la toma en cuenta más allá de una vez cada cuatro años. La esfera pública sería el punto de encuentro entre la sociedad civil y el Poder Público, el espacio donde ambas se conjuguen y retroalimenten de manera que la comunidad reflexione sobre sus asuntos cotidianos, aspiraciones, etc. construyendo un argumento manifestado en la opinión pública que llegue al gobierno (Pinheiro, 2011).

Existe una concepción social bastante generalizada que hace que las personas entendamos la política como algo ajeno o que no pertenece a nuestras competencias. Debe romperse drásticamente con esa concepción para poder construir una sociedad civil que efectivamente use sus derechos para el ejercicio del control de un gobierno que nos ampare. Y como menciona Elster (2001, citado por Sojo, 2009), los procedimientos para la participación política y la construcción colectiva de argumentos sociales podrían ser: la discusión, la negociación y el voto. Los acuerdos políticos serían la conjugación de estos tres procedimientos. “La discusión supone la posibilidad de una decisión consensual, la negociación el ejercicio distributivo de ganancias relativas y el voto la afirmación de las preferencias de la mayoría” (Sojo, 2009:10).

 

Fotomovimiento en flick

Y dicho todo esto… ¿Cómo se consigue una ciudadanía crítica y participativa? ¿Qué se puede hacer para recortar la distancia entre el pueblo y la representación política? Ese es el gran dilema. Y la respuesta es simple pero compleja al mismo tiempo: a través de la educación, la educación en valores, el fortalecimiento de una pedagogía crítica y analista del contexto. Pensemos que la base de toda la sociedad es la educación. Por lo tanto, una ciudadanía activa que luche por una democracia real no se consigue de otra manera que no sea educando. Educando en valores de igualdad, de solidaridad, empatía, con perspectiva de género, con alternativas al consumismo, etc. Y todo ello no es fácil de conseguir. Pero no hay que obviar que en muchos colegios e institutos se impulsan programas y planes de convivencia entre el alumnado, se hacen labores de mediación en las que ellos y ellas mismos son quienes las dirigen…  Y estas son prácticas realmente interesantes a la hora de dar los primeros pasos porque enseñan a dialogar, a resolver los problemas de manera autónoma, a ser críticos y responsables, a ayudar a los/as compañeros/as e incluso fortalecen sus lazos. Entonces, ¿por qué no animar este tipo de prácticas que a simple vista pueden parecer tan inocentes? Sinceramente, no sabría qué responder a esto. Sólo se me ocurre una cosa: al sistema no le interesa una ciudadanía cohesionada y reflexiva.

Educar en valores significa algo así como la incorporación en una masa para transformarla, pero teniendo en cuenta que esa masa también va a transformar al individuo. Es enseñarnos a ser libres y tomar decisiones para el conjunto, no para el individuo.

“La educación y la democracia constituyen los pilares fundamentales de toda sociedad, en ella se enmarca la formación en valores de todos los ciudadanos y ciudadanas, por medio de la educación democrática, se conforma una personalidad social, ante la diversidad cultural y política existente” (Carrero, 2013:582).

Es decir, la educación nos conduce a una democracia real, a una democracia deliberativa que es la que aquí defendemos. Y la democracia, a su vez, nos conduce al desarrollo. 

Por ello, la educación es el mecanismo, la herramienta básica y fundamental, para la construcción de una ciudadanía y de un estado compatibles, retroalimentados, en el que se luche por y para la gente.

En síntesis y para dar cierre a este texto, quisiera subrayar lo que se ha pretendido con él. Se ha pretendido apelar a la democracia deliberativa como la forma, el proceso, el paradigma… por el que la ciudadanía debe moverse. Sin compromiso y responsabilidad no podremos nunca vivir en un contexto social en el que nos sintamos bien. Debemos esforzarnos por conseguir aquello con lo que queremos vivir y no esperar que otros (la política) lo haga por nosotros. Nadie mejor que el pueblo sabe lo que el pueblo quiere y por ello su capacidad de decisión no debe limitarse al voto una vez cada cuatro años, sino que debe estar directamente implicado en todo aquello que le repercute y la política es irreversiblemente un ámbito que nos afecta para bien y para mal. La política es un apoyo, pero no la única manera de hacer transformación social y luchar por nuestros intereses.

 


 

BIBLIOGRAFÍA

Brugué, Q. (2011). Recuperar la política desde la deliberación. Revista Internacional de Organizaciones, 7, 157-174.

Carrero, W. (2013). La educación en valores como fortalecimiento de la democracia.  Revista de Ciencias Sociales (RCS), 19, 577-587.

Pinherio, R. (2011). A esfera pública como elemento central da democracia deliberativa. FIDES, v.2, 2, 23-40.

Sojo, C. (2009). Diálogo social y democracia deliberativa. Revista de Derecho Penal, 8, 1-25. 


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