Adrià Trescents Ribó: educador de calle. Una referencia imprescindible en el camino de la Educación Social

Número 19. MISCELÁNEA. 9/7/2014
Autor: Jorge Pereira Andrade, Educador social.

RESUMEN

El siguiente artículo[1] pretende ser una contribución histórica sobre la figura de Adrià Trescents Ribó como Educador de Calle en el barrio del Raval de Barcelona a partir de la década de los 80’. Se trata de una propuesta de recuperación de la memoria histórica de uno de los posibles orígenes de la Educación Social, dentro del proceso de construcción de nuestra identidad profesional. Al dar visibilidad a un estilo o modelo de actuación educativa concreta, procuro reflejar una manera de entender y de abordar el trabajo del educador de calle que tiene como eje central de la relación educativa a las personas. Mi intención final es llegar a plasmar algunas de las aportaciones de Adrià Trescents Ribó con las que ha contribuido a la Educación Social, y dejar la puerta abierta para futuras investigaciones con mayor profundidad.

 

[1] El presente artículo es un resumen del Trabajo Final de Grado de Educación Social de la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Barcelona presentado en la convocatoria del mes de setiembre del año 2013. Obtuvo una valoración de Matrícula de Honor y se puede acceder al mismo en si formato completo en : http://diposit.ub.edu/dspace/handle/2445/53730

 

PALABRAS CLAVE
Educación Social Historia de la Educación Social Adrià Trescents Ribó Educador de calle



Introducción.

Adrià Trescents, fue considerado durante mucho tiempo como:

“...“el Educador de Calle de Barcelona”. Así, en mayúsculas, porque era el único. Siempre lo podías encontrar en alguno de sus lugares de operaciones (diferentes bares del Chino), dispuesto a ayudar personalmente a los chavales que se le acercaban”. (Sánchez-Valverde, 2006:17).

Quienes nos dedicamos a la Educación Social hemos de considerarnos unos seres afortunados al tener la oportunidad y el privilegio de atender y cuidar a las personas. Supone un enorme reto con la consiguiente responsabilidad que comporta esta acción socioeducativa con las personas, para las personas y por las personas; es nuestra razón de ser y está en la génesis de nuestra profesión: acompañar a las personas desde la relación de ayuda.

Adrià Trescents

Como Educador Social considero de suma importancia recuperar de la memoria histórica a personas significativas y referentes de nuestra profesión.

A través de esta investigación histórica sobre Adrià Trescents Ribó pretendo realizar una mirada introspectiva a la historia de la Educación Social, con la esperanza de llegar a las entrañas de nuestra profesión.

De esta manera, se cumple un doble objetivo: por un lado, reconocer a una figura que ha sido trascendente para muchas personas en un momento dado de su trayectoria vital; y por otro lado, destacar a un profesional que puede ser considerado un espejo en el cual reflejarnos, al ser un marco de referencia.



Algunas referencias sobre la consolidación de la educación social.

Funes y Comas (2001) señalan el comienzo de la acción socioeducativa en medio abierto en los albores de la transición a la democracia en los años 70’, destacando las ideas y los pensamientos de unas personas involucradas y comprometidas con la realidad social:

“La filosofía que rige los diferentes proyectos de educación social de aquella época es necesario entenderla en el contexto de una sociedad que acababa de salir de la dictadura: funciona la teoría de educar en la libertad. El hecho marginal se interpreta desde la crítica social y se valora positivamente una cierta marginalidad por lo que tiene de denuncia y crítica al sistema establecido. A partir del 1980, con el traspaso de competencias de menores a la Generalitat, y la creación de la Dirección General de Protección y Tutela de Menores, se da soporte legal al modelo educativo”.

“De aquella época suenan nombres como Pius Fransoy, Jaume Funes, Toni Julià, César Muñoz, Faustino Guerau, la gente de Obinso (Obra de Inserción Social), de IRES (Instituto de Reinserción Social), del GREDJ (Grupo de Investigación de educación de jóvenes), etc., que van a contribuir a definir una nueva manera de actuar con los infantes y jóvenes en situación de riesgo social: en lugar de separarlos del medio, se trataba de atenderlos en su propio entorno” (Funes y Comas, 2001:9).

Sánchez-Valverde (2006) al realizar un recorrido por la historia de la Educación Social, hace un recordatorio a diversos educadores que han dejado huella en la profesión, como por ejemplo: Pere Ponce García, Juan Carlos Álvarez Barreiro, Juan Bernardo Mesa Moreno, Carlos José Mileo Arbía e Isabel Domínguez Paniagua; y hace una mención expresa a Adrià Trescents Ribó y Faustino Guerau de Arellano, a los cuales se refiere como “¡educadores en tiempos heroicos!”.

Estos dos últimos, además de la amistad, tenían en común el provenir de órdenes religiosas dedicadas a la educación, el haber comenzado el camino de la educación social en los años 60’ (Adrià con los Hermanos de La Salle y Faustino, con los Jesuitas), haber coincidido en el Instituto Ramón Albo de Mollet del Vallès (Adrià como Director y Faustino como orientador de estudios) y trabajar para el Ayuntamiento de Barcelona (Adrià como Educador de calle y Faustino en el “Colectivo Juvenil Elcano”).

“Adrià era como una obstinada máquina que tenía muy claro qué había que hacer y lo hacía, en silencio… siempre desde un modesto silencio, con una sonrisa” (Sánchez-Valverde, 2006:17).

Vega y Garín (2013) nos invitan a recordar la figura de Adrià y comprender mejor los inicios de la Educación Social:

“La educación social como sistema y como proyecto, no deja de tener una historia y unos personajes que con empeño desarrollaron en sus inicios una tarea educativa poco valorada, cuando no desconocida. Ellos actuaron como educadores en ámbitos abandonados por el sistema educativo, dejados en manos del sistema represivo o del asistencial su control y asistencia. En esta época no se valoraba la atención educativa integral de las personas con dificultades de inserción, ni se tenían en cuenta los factores sociales que provocaban la inadaptación social. Bastaba conseguir su control y alejamiento de la sociedad normalizada. De estas formas, no faltan personas comprometidas con los derechos de los menores, como Adriano Trescents, alias HAL, quienes con intenso empeño abrieron ese camino profesional que hoy denominamos educación social. Ellos fueron auténticos héroes de la educación ya que, sin el apoyo de la administración ni el reconocimiento del mundo académico, fueron capaces de realizar su trabajo educativo con las personas más vulnerables.” (Vega y Garín, 2013:1)


Posibles orígenes de la educación de calle.

Guerau de Arellano y Plaza (1982), entienden que la experiencia del Movimiento Pioneros como un posible origen de la educación social en medio abierto.

Julián Rezola en el año 1968 funda el Movimiento Pioneros  para realizar una intervención socioeducativa a nivel individual, grupal y comunitario con adolescentes y jóvenes marginados e inadaptados sociales del barrio “General Yagüe” de la periferia de la ciudad de Logroño.

Tal como indican Guerau de Arellano y Plaza (1982):

“Pioneros nació en 1968, en Yagüe, un suburbio, abandonado de la mano de Dios, de Logroño. Ellos lo expresaron así: En este barrio vivíamos los jóvenes como ratas, quién no había pasado por reformatorios estaba a punto de entrar, éramos carne de rejas o de peonaje barato. Nuestra vida de niño consistía en ir al monte por leña para poder calentar las casas, robar en los campos próximos toda clase de comestibles, fútbol, hogueras… A los once años empezábamos a trabajar” (Guerau de Arellano y Plaza, 1982:25).

Dichos autores, dejan constancia de las ideas pedagógicas de Julián Rezola:

“Las soluciones teóricas apartan al chaval del medio en que vive, y eso es un error, porque cuando vuelve se encuentra con el mismo ambiente y los mismos problemas. De ahí la inutilidad de los reformatorios. Y lo que sucede con la mayoría de los educadores es que tienen muchos años de estudio y se saben todas las teorías de la educación y de educación especial; pero desconocen las circunstancias concretas de ese chico y de ese medio, ya que no lo han vivido. Todo

 su programa va de la teoría a la práctica, cuando se ha de ir en estos casos al revés de la práctica a la teoría. Los educadores han de estar en la calle, conviviendo con los chicos en su terreno”.

“Educar es esperar (…). Estar en la calle, estar presente por donde se desenvuelven los chavales y que le vean, que sepan que estás ahí, que eres un apoyo para cuando te necesiten y al que pueden recurrir. Al principio sólo acuden a ti cuando están en dificultades, pero no importa. Lo que realizamos nosotros es una experiencia a largo plazo, y a la larga da resultados positivos… Nada de moralismo ni sermones.” (Guerau de Arellano y Plaza, 1982:14-19).

El movimiento Pioneros, según Guerau de Arellano y Plaza (1982), tiene una fuente directa de inspiración en el método educativo que Paulo Freire desarrolló en el Brasil de la década de los 60’, concretamente en los procesos de alfabetización, al considerar la palabra como una herramienta de transformación social.


El personaje.

Adrià Trescents Ribó llega a la Educación Social desde la Educación Formal, pasa de ser profesor y director del colegio de La Salle a director del Instituto  Ramón Albo; y a partir del año 1976 comienza su larga trayectoria en el mundo social, se dedica por completo a la educación social como educador de calle en el barrio del Raval de Barcelona acompañando a las personas más oprimidas, marginadas y excluidas por la sociedad: personas privadas de la libertad, personas con dificultades con las drogas, personas enfermas de sida, personas dedicadas a la prostitución, atención a la infancia en riesgo y a los transeúntes sin domicilio fijo, etc.

Comprometido con OBINSO (Obra de Inserción Social) desde el año 1974, como educador, en la residencia Els Alps en L’Hospitalet de Llobregat. OBINSO es una entidad fundada por José María Palom (hermano de la congregación religiosa La Salle), dedicada a la atención de personas con dificultades con el consumo de sustancias tóxicas, jóvenes que han pasado un tiempo en prisión y salían en libertad o con permisos. La idea central de esta entidad fue trabajar por las personas más necesitadas, buscando su reinserción sociolaboral; intentaban pasar inadvertidos, sin aparecer en los medios de comunicación.





Educador de calle.

En conexión con el Ayuntamiento de Barcelona como educador de calle en el barrio del Raval, y colaborando en el Centro Abierto Joan Salvador Gavina, (preparando cada día el desayuno a los niños). También participó en el proyecto de los Colectivos Infantiles del Ayuntamiento de Barcelona.

A modo de síntesis, su campo de actuación como educador se desarrolló en 4 ámbitos:

  1. En las calles de los barrios Raval y Gótico.
  2. En el centro abierto Joan Salvador Gavina.
  3. En el centro Els Alps, mientras estuvo gestionado por OBINSO.
  4. En las cárceles.

Las crónicas periodísticas de la época muestran a Adrià Trescents Ribó como una persona humilde, que intenta permanecer en el anonimato, rehuyendo de todo protagonismo, sin buscar honores ni alabanzas en su labor dedicada a los más desfavorecidos entre los desfavorecidos, a los más marginados entre los marginados.

Lo presentan como un educador de calle del barrio del Raval de Barcelona, siendo la calle su espacio de trabajo, y donde los bares son sus “oficinas”, donde atiende a sus “amigas y amigos”.

En el Centro Abierto Joan Salvador GavinaSu jornada laboral comienza muy temprano por la mañana en el Centro Abierto Joan Salvador Gavina (fundado y dirigido por Conchita Mata) donde prepara desayunos a los niños y niñas del barrio antes de ir a la escuela.

Luego dedica el tiempo a callejear por el Raval, “de oficina en oficina”, en alusión a los bares del barrio, siendo lugares de encuentros, donde puede conversar con las personas en su propio medio, en un espacio de la vida cotidiana.

También lo describen como un profesional que colabora con las entidades del barrio (Casales y otros centros culturales y sociales), y que se coordina con otros profesionales del Ayuntamiento de Barcelona (Asistentes Sociales, Psicólogos, Educadores, etc.).

Y durante los fines de semana, está en la residencia Els Alps en L’Hospitalet de Llobregat, gestionada por OBINSO, atendía en una parte a personas enviadas por el Ayuntamiento de L’Hospitalet, y en otra parte a jóvenes con problemas con la justicia, trabajando en pro de su reinserción sociolaboral. Incluso atendía a presos que salían de permiso, o ex presos que recuperaban la libertad.

Sus “vacaciones” las dedica a recorrer los centros penitenciarios de España, visitando a los “presos marginales”; afirma que conoció las cárceles cuando era Director del Instituto Ramón Albó de la Junta de Protección de Menores de Barcelona, en Mollet del Vallès, cuando los sábados acompañaba a algunos niños a visitar a sus padres a “la Modelo”.

Exponen que durante más de 30 años, Adrià Trescents Ribó ha acompañado a muchas personas, siempre desde el afecto, con cariño y con una sonrisa limpia y serena. Su lema en su labor incansable de acompañamiento fue: “convivir, compartir, escuchar, orientar y servir” a los demás.


El medio en el que se movió.

En sus memorias refleja una realidad social concreta, donde denuncia la existencia del cuarto mundo, es decir, la existencia de un tercer mundo dentro del primero.

Muestra así una Barcelona de personas excluidas, al margen del sistema de relaciones afectivas, personales y sociales, siendo un grupo muy heterogéneo formado por parados de larga duración, personas mayores con pensiones muy bajas, mujeres solas con o sin menores a cargo, personas que ejercen la prostitución, personas privadas de libertad, personas ex reclusos en procesos de reinserción sociolaboral, personas de etnia gitana que se encuentran en conflicto con la cultura predominante, personas sin hogar, personas inmigrantes sin papeles, niños y niñas en situación de riesgo social, chaperos, personas sin ningún tipo de recurso económico, personas enfermas afectadas por el VIH, etc.

Sedó (2008) considera, de forma acertada, que existen diversos tipos de calles, no es la misma realidad las calles de Pedralbes que las del “Chino”:

“Y tocar este tipo de calle, será a menudo estar en contacto con el frio y el calor, con la peña con que se comparte la golfería, con la comisaria y la policía, con las drogas… Serán espacios fragmentados y cerrados, barrios con fronteras y lenguajes simbólicos propios, se vivirá al día y con un lenguaje bastante más corporal que intelectual, y donde las caras y los cuerpos reproducirán como un espejo la fachada del barrio. Vivirlo, es también la posibilidad de desarrollar un sexto sentido, especializado a medir todo lo que pasa de forma rápida: la piel”. (Sedó, 2008:35).

Villar (1996) en su libro “Historia y leyenda del Barrio Chino”, ofrece su particular crónica sobre los bajos fondos de la Barcelona de los años 1975 a 1992:

“…el Raval va a vivir una de las etapas más intensas y dramáticas de su historia: el Raval se convertirá en un foco insostenible de delincuencia y marginación; una situación que afectará igualmente con idéntica virulencia a la plaza Reial, la zona de Escudellers y la parte baja de la Rambla. La grave crisis económica iniciada en 1973, y el consiguiente impacto del paro, el cambio político y social producido a continuación en el pais con el triunfo de la democracia; la presencia de gran número de extranjeros incontrolados y, sobre todo, la expansión del mercado de la droga, en particular el de la heroína, convulsionarán en mayor o menor medida la parte de la ciudad que actualmente conocemos como Ciutat Vella (Barri Gòtic, Casc Antic, La Rambla, Raval y Barceloneta): la droga lo transformará todo.” (Villar, 1996:289)

La cocaína y la heroína pasaron de un consumo minoritario, de la clase alta, a la juventud más marginal, lo que provocó una transformación en el barrio: “traficantes, yonquis, delito e inseguridad invadieron escandalosamente de nuevo sus viejas arterias”.

“La jeringa y la papelina se convirtieron en nuevos atajos hacia un bienestar, en nuevos carriles sin salida –junto a la delincuencia, el alcoholismo y la locura- de la autopista de la desesperación”. (Villar, 1996:297)

Laia Manresa y Sergi Dies nos ofrecen su particular punto de vista en la película Morir de día (2011) donde muestran un aspecto de la realidad social de los años 80’: la entrada de la heroína en Barcelona, unido a las historias de personajes de la escena contracultural y de la vida política catalana.

Tal como lo expresa Villar (1996), en la década de los 80’, la prostitución sigue siendo una de las actividades típicas del barrio chino.

“La mayor parte de la prostitutas que frecuentaban las viejas calles del Raval se encontraban inmersas en el declive de su vida profesional: su edad era avanzada y su situación personal, en muchos casos, dramática. Coexistía junto a esta clase de prostitución otra, integrada por mujeres mucho más jóvenes, extranjeras en gran número, vinculadas algunas a clanes de proxenetas sudamericanos y franceses. Su tarifa, evidentemente, era más elevada, y su modo de operar, sensiblemente distinto, salvo excepciones: no habitaban en el barrio, y en ningún caso permanecían mucho tiempo en el mismo lugar de trabajo. A principios de esa década, el incremento de consumo de heroína generó la aparición de un tercer tipo de prostituta: la yonqui. Las yonkis estaban dispuestas a realizar cualquier servicio sexual por complicado que fuera, con tal de conseguir los recursos necesarios para financiar su adicción; no dudaban, incluso, a robar al cliente si surgía la oportunidad…” (Villar, 1996:300).

En la película “En la puta vida” (2001), se evidencia el drama sufrido por una joven mujer uruguaya, que llega a Barcelona engañada con falsas proposiciones de un “pseudo” empresario que le obliga a ejercer la prostitución. La cineasta Flores dibuja el ambiente nocturno conflictivo del barrio, y pone al descubierto la mafia que existe alrededor del tráfico internacional de mujeres.

Por estas mismas calles que describen Villar y Flores, es por donde camina Adrià Trescents Ribó.


El reconocimiento social.

Adrià Trescents Ribó recibió algunos reconocimientos de prestigiosas instituciones de la sociedad catalana, como por ejemplo:

  • En el año 1987, fue galardonado con el premio Solidaridad en su primera edición, por parte del Instituto de Derechos Humanos de Cataluña, por su destacada lucha en defensa de los derechos humanos.
  • En el año 1996, la Generalitat de Cataluña le concede la Cruz de Sant Jordi.  En la exposición de motivos que consta en el decreto 174/1996, del 30 de abril de 1996, Diario Oficial número 2215-7.6.1996, se puede leer:

“Señor Adrià Trescents Ribó. Religioso y Educador social. En reconocimiento de una abnegada dedicación espiritual, cívica y humana de más de treinta años para atender personas sometidas al mundo de la prostitución, a la prisión, el sida o la drogadicción. Por una labor, que desarrolla incansablemente, ejemplo cívico y de dedicación a los colectivos de la marginación.”

 

Entrega de la Medalla de Santo Jordi


Su pedagogía.

En la segunda parte del libro El educador de calle (1987), Trescents al explicar porque es necesaria la figura profesional del educador de calle, explica:

“Debido al ambiente del Distrito en su parte del Raval y también en buena parte del otro lado de la Rambla, zonas ambas muy conflictivas y como he visto que difícilmente otros podrán dedicarse a los más asociales y delincuentes, me he señalado como objetivo primero de mi trabajo llegar a ellos, estar con ellos, convivir lo más posible con ellos, y participar de sus angustias como si fueran también mías.

Solo así voy comprendiendo algunas situaciones completamente anómalas e impensables, que jamás pueden entenderse desde una mesa de despacho.

Hay niños, jóvenes,… que nunca acudirán a los centros de esplai que se monten para niños y jóvenes; que nunca podrán participar en grupos y locales donde todo tipo de vida organizada está diametralmente opuesta a su manera de ser.

Ellos no van a la sociedad. Ni sienten necesidad de hacerlo. Hasta cierto punto, se encuentran bien donde están y como están: socializados en la disocialidad; desarrollados en el mundo marginal y delincuencial.

Por este motivo hace falta que alguien de la sociedad llegue hasta ellos; que se mezcle con ellos, para comenzar un trabajo de interiorización capaz de despertar a nuevos horizontes.” (Trescents, 1987:107).

Caride (2002) le considera un ejemplo de profesional de la educación social, comprometido con la realidad social, y un verdadero protagonista de una acción educativa en busca de la transformación social:

“Un buen ejemplo de cómo se percibe este compromiso nos lo muestran Guereau de Arellano y Trescents (1987), en su libro Educador de calle, presentando de manera asequible la figura profesional del educador especializado de calle, años antes de que este “perfil” se integrara en lo que hoy conocemos como educación social. El testimonio que sobre su “identidad profesional” nos ofrecía Adrià Trescents – ya entonces uno de los educadores más veteranos, tras veinte años de experiencia en Cataluña-, desvela muchas de las difíciles y críticas funciones del educador que trabaja en un medio abierto.” (Caride, 2002: 111).

Adrià Trescents Ribó defendía una visión de la educación social que tiene a la persona en su núcleo central; lo que da sentido a la intervención socioeducativa es priorizar la atención de las personas, lo que implica estar cerca de las personas, próximos, desde la misma vida cotidiana. Por lo tanto, el acompañamiento a las personas es lo que da sentido a la función del educador de calle.

Adrià Trescents Ribó (1987:108) insiste en el acompañamiento de las personas como una forma normalizada en el proceso de socialización. Al relacionarse con las personas, intenta establecer una relación de confianza que le permita como educador de calle ser:

  • Interlocutor,
  • Puente de enlace, y
  • Punto de referencia.

Como interlocutor, el educador de calle representará a una figura adulta positiva; procurando que las personas tomen las riendas de su vida, se responsabilicen de su situación, y de esta manera decidan dar los primeros pasos para ser protagonistas en la construcción de su propio destino.

Como puente de enlace, el educador de calle se ha de coordinar con personas, instituciones y entidades donde pueda derivar a las personas en su proceso de reinserción sociolaboral; lo que supone un trabajo en red.

Como punto de referencia, el educador de calle ha de mantener contacto con las personas con las que ha establecido un vínculo educativo basado en una relación de confianza, por lo tanto, no ha de desaparecer, sino que ha de realizar un seguimiento del caso con otros educadores.

Su método de trabajo se centra en conectar con las personas desde su propia realidad, al considerar a cada persona desde su singularidad, cada persona es un ser único e irrepetible. Se puede sintetizar su posicionamiento en la siguiente idea que está en la esencia de su pensamiento: “no hay pobres, hay personas”.

En la presentación de la memoria de su trabajo correspondiente al curso 1985 – 1986, se puede leer:

“Para un Educador de Calle, y mayormente del Barrio Chino, resulta materialmente imposible reflejar en una memoria todas sus actividades, los contactos que ha tenido, las personas con que se ha relacionado, los casos que han intentado resolver, los problemas que ha debido afrontar, las dificultades con que se ha encontrado, los lugares que ha frecuentado, etc., etc.

La vida del Educador de Calle es un continuo imprevisto, por más que trace sus planes y haga sus proyectos; y es también un continuo sobresalto.

Es una avanzadilla de la Acción Social; como aquella Brigada de Choque en la que luché durante los años 1938 y primeros meses del 39, con la 19 Brigada Mixta en los frentes del Pirineo, del Segre y la retirada de Cataluña. Ella recibía los primeros golpes y los más fuertes. Igual le pasa al Educador de Calle: está en la calle, es decir en roce y trato continuo con la gente más marginal, aquella que tiene mucha reticencia y desconfianza en acudir a los centros de servicios sociales, porque no puede fiarse ni confiar en nadie.

La gente le encuentra a uno en la calle, y acude a él con confianza. Y uno ha de multiplicarse para orientar, para aconsejar, para calmar situaciones muchas veces, para encaminar casos hacia recursos que puedan solucionarlos. No puede negarse a las demandas que recibe, a menos de encerrarse en un despacho y obligar a que la gente con problemas acuda al despacho: ya no será Educador de Calle.”

“(…) estoy convencido que más que solucionar, debo poner en vías de solución; más que solventar problemas, encaminar a la persona problemática a otros que puedan tratarle más sosegada y científicamente; más que organizar, hacer que tomen parte en grupos ya organizados; más que ser UN RECURSO, ser PUENTE hacia los RECURSOS.” (Trescents, 1986:4-5).

Al final de esta misma memoria del curso 1985 - 1986, Adrià describe la figura del Educador de calle, su historia y su evolución.

Expresa que la implantación del Educador de calle en los Equipos de Atención Primaria o de Base ha sido por “esnobismo”, “sin tener las cosas claras”, “como si tuviera que ser el mozo de recados del equipo”.

Refiere una cierta incomprensión, recelo y temor en este profesional tan involucrado con la realidad social más marginal.

“(…) nadie tiene claro lo que es el EDUCADOR DE CALLE y casi se pretende manejarlo a merced de quién dirige los Servicios Sociales, como una marioneta que ha de responder a todos los hilos de la representación.” (Trescents, 1986:76)

Es claro al advertir que no hay un tipo único que caracterice a la figura del educador de calle. Aunque destaca lo más significativo de su labor:

  • Su actuación se desarrolla sobre todo en la calle: “las calles, las plazas, los bares, las salas de juegos, los lugares donde se concentran grupos juveniles.”
     
  • Su intervención se despliega a diferentes niveles: individual, grupal, familiar y/o comunitario.
     
  • La población diana se centra en la infancia y la adolescencia en situación de riesgo social.

“El Educador sabrá escuchar y dialogar, sabrá interpelar al joven o a los jóvenes, y poco a poco intentará encaminarles hacia el lugar donde puedan formalizar su acceso a una relación social normalizada (…).

El Educador de Calle deberá compartir con los jóvenes sus horas de ocio, sus diversiones, su soledad, sus apuros y violencias, y estará dispuesto también a acompañarles en lo posible, en las circunstancias adversas de represión social, y acudirá a comisarías o juzgados, y les visitará en las cárceles.

El Educador de Calle deberá mantener relación con los amigos y colegas de los jóvenes con quienes trabaja; deberá cuando sea posible y oportuno, relacionarse con sus familias. Y cuando los haya encaminado ya a algún lugar de trato más formalizado, deberá seguir lejanamente su evolución y para ello estará en contacto con los nuevos educadores que traten con el joven.” (Trescents, 1986:77).


Dejar huella.

Se destaca el rigor de Adrià a la hora de dejar constancia por escrito su trabajo educativo con diferentes instrumentos: diarios, memorias, correspondencia, conferencias y charlas.

Vilanou y Planella (2010) invitan al historiador social a la recuperación de la memoria histórica de prácticas socioeducativas. En este sentido, expresan:

“Es evidente que la investigación histórica (si se quiere, de manera más o menos informal) tiene un papel relevante en la proyección de ideas para intervenir sobre determinadas problemáticas que hay en la sociedad. Pero también es cierto que la práctica cotidiana de los profesionales de la intervención socioeducativa pasa más bien por actuar que por visitar espacios y territorios en los que quedan custodiadas estas experiencias entrañables (...).” (Vilanou y Planella, 2010:34)

Parafraseando a dichos autores, me he sumergido en lo que se puede denominar el “archivo de Adrià Trescents Ribó”, y he comenzado a recuperar así algunas de sus experiencias socioeducativas.

  • Diarios: escritos por Adrià al final de cada jornada, durante los 365 días del año, donde explica y reflexiona sobre su actuación como Educador de calle. Describe el seguimiento de sus casos, aportando hechos, sucesos, acontecimientos, avances y retrocesos, etc.
     
  • Memorias: donde Adrià da cuenta de su actuación como Educador de calle: la situación del barrio, las personas atendidas, destacando la infancia y la adolescencia en riesgo social, mujeres que se dedican a la prostitución, jóvenes ex presidiarios en procesos de reinserción sociolaboral, visitas a presos en diferentes centros penitenciarios, relaciones epistolares con personas privadas de la libertad, relaciones con instituciones colaboradoras; y haciendo las veces de interventor de cuentas, deja constancia en que ha utilizado el dinero. Por lo general, añade un apartado de anecdotario. Y en ocasiones, agrega otro apartado por demás interesante titulado: “satisfacciones y amarguras”, o “éxitos y fracasos”.
     
  • Correspondencias: relaciones epistolares mantenidas por Adrià con personas que durante una etapa de su vida se han visto privados de la libertad, recluidos en diferentes centros penitenciarios de España.

Contempla la carta recibida y una copia con la respuesta de Adrià a cada una de las personas, para tener una idea de la magnitud cuantitativa del volumen de cartas escritas, en la memoria del curso 1985 – 1986, ha recibido y contestado 514 cartas de 169 presos;  y en la memoria del curso 2004 – 2005: 467 cartas contestadas.

  • Conferencias: entre las varias conferencias y charlas en las que ha participado Adrià como disertante, explicando la situación de marginación en que se encontraba la población del barrio del Raval, así aparecen en las crónicas de la época conferencias vinculadas a la iglesia católica.

Adrià demuestra un cuidado especial en la protección de los datos de las personas que ha acompañado durante una etapa de su vida, utilizando en la mayoría de los casos apodos en lugar de nombre y apellidos de las personas, o cuando alude a visitas a domicilios o pensiones tiene en cuenta no aportar las direcciones exactas.

Considera importante, dirigirse a las personas con las que habla por su nombre de pila, mote o alias, por qué ha comprobado desde la experiencia que es una forma de dar confianza, y a la vez, intimidad en la relación.

Es por demás interesante disponer de una información tan completa sobre las personas atendidas por Adrià. Siendo de enorme utilidad para realizar futuros estudios de mayor profundidad, tanto respecto al “archivo Adrià Trescents Ribó” como a la recuperación de la memoria histórica de muchas personas y familias que Adriá acompañó en un momento dado de su trayectoria vital.

Como Educador Social considero de suma importancia tener una mirada crítica, tanto respecto de la realidad que nos toca vivir como de nuestra propia práctica socioeducativa.


Escuela de futuro.

En este sentido, aprovecho la oportunidad para transcribir dos textos de Adrià Trescents Ribó, rescatados de sus memorias, donde nos ilustra de ese espíritu crítico que nunca se ha de abandonar.

Con dos títulos por demás sugerentes, a saber:

  • Éxitos y fracasos.
  • Satisfacciones y amarguras.

Nada mejor que las palabras de Adrià Trescents Ribó para evidenciar sus valoraciones sobre los datos contenidos en sus memorias.

De la memoria del curso 2004-2005, una de las últimas, (Trescents, 2005), “Éxitos y fracasos”, quiero destacar:

“Compadezco a los Trabajadores Sociales que han de dar cuenta de sus éxitos y les piden cuenta de sus fracasos. Sobre todo, compadezco a los Trabajadores Sociales de entidades oficiales. Quienes piden cuentas, difícilmente pueden comprender los aspectos de su trabajo.

Recuerdo aquellos tres primeros años de Educador de calle para el Ayuntamiento de Barcelona (1976-1979). Éramos varios equipos que trabajábamos en el Raval, en el Gótico, en la Barceloneta y en Ciudad Vieja. Entre nosotros había una gran compenetración y sentido de ayuda mutua, patentizado todo en nuestras reuniones semanales. Y a esas reuniones semanales, nos llegaban siempre las orientaciones de quién controlaba nuestro trabajo. Un señor de un sexto piso del Ayuntamiento, que nunca supo qué era un chico de la calle, porque nunca estuvo en la calle. Leíamos sus orientaciones. Las guardábamos en un sobre y comenzábamos la reunión, que presidíamos por turno.

En mi servicio a las personas de la calle y a los presos que visito, unos y otros todos ellos marginados, no puedo predecir nunca cuanto tendré de éxito. O cuando uno de mis amigos se rehabilitará.

Les acepto como son. Y procuro estar con ellos en todos sus altibajos o en su hundimiento total.

Les acompaño y sirvo como puedo en lo que puedo y como puedo, y dejo que ellos sigan o mejoren o cambien o se rehabiliten. O simplemente se rían un poco, a veces, de mis buenas intenciones.

Debo actuar con realismo. A mis amigos les resulta muy difícil por no decir imposible, cambiar de vida. Y a veces, incluso, me pregunto si realmente han de cambiar. Lo trágico es que si no cambian seguirán sufriendo en la miseria, seguirán siendo “peligrosos” para la sociedad y la sociedad seguirá “castigándolos”. (Trescents, 2005:50-51)

De la memoria del curso 1990-1991 (Trescents, 1991), destacar los apartados “satisfacciones y amarguras”.

“Mi trabajo está lleno de satisfacciones. Nadie puede trabajar siempre a contrapelo. Es preciso gozar en el trabajo. Encontrar satisfacciones.

Satisfecho por la risa de los pequeños.

Satisfacción por las lecciones de vida y de muerte que estoy recibiendo todos los días.

Satisfecho por la amistad que me prodigan tantos y tantos a quienes intento ayudar.

Satisfacción por tantas oportunidades de compartir experiencias, temores, dudas, alegrías, sinsabores, resultados, preguntas…

Satisfacción por los resultados, pocos, que se van viendo. Algunos han salido de la marginación. Unos han dejado la delincuencia. Otros hace un tiempo han reñido con la droga…” (Trescents, 1991:96-97)

Pero no todo son satisfacciones en el trabajo del educador de calle, también aparecen las amarguras:

“Amargura por tantas muertes. Por tantos jóvenes que por la droga, o por el sida, o por la violencia, están muriendo antes de tiempo.

Amargura por la incapacidad de recuperación de muchos de ellos. Uno ve claramente que no pueden rehabilitarse (…).

Amargura por la reincidencia inevitable de muchos de ellos.

Amargura, ante la suficiencia y autocomplacencia de muchos teóricos que aturden a los que viven la realidad. Que les atosigan con teorías improcedentes, válidas sobre la mesa de despacho y sobre papeles impolutos.

Amargura ante la inoperancia de casi todas las administraciones. Para quienes es válido solamente lo que lleva olor a propaganda para su partido o para su organización. No se mira a la persona. Como no la miran tampoco, de ordinario los jueces, que más parece que condenen papeles que personas.

Amargura, al ver que pagan siempre los más débiles y pagan más que nadie.”(Trescents, 1991:98).

Adrià Trescents Ribó entiende que la razón de ser del educador de calle es el  acompañamiento a las personas, siendo la persona acompañada el centro de la relación educativa, fomentando su participación activa en la construcción de su propio destino, siendo protagonistas en la búsqueda del bienestar y de una mejor calidad de vida.

Su lema ha sido siempre escuchar a las personas, dejando que se expresen, y en todo caso, ayudando a que verbalicen sus situaciones y logren así poner palabras a sus sentimientos, a sus emociones, a su sentir,…

Dada su larga trayectoria en el ámbito de la educación social, entiende que los resultados se han de valorar a medio y largo plazo; ya que considera que el trabajo educativo necesita tiempo, siendo lento, como “un gota a gota”; ya que la impaciencia por obtener resultados inmediatos de éxito nos podría conducir a falsear la tarea educativa.

“Toda educación es lenta, es una labor de orfebre, y mucho más la reeducación, la transformación de los muchachos de la calle.” (Trescents, 1987:111).

La educación ha de saber esperar, sin perder la confianza en la persona, y con el convencimiento de la utilidad del trabajo en equipo y en red.

Un educador que trabaje con esta perspectiva, afirma Adrià:

no se cansará ni se “quemará”, “porque en medio de las contradicciones y fracasos momentáneos, sabrá descubrir siempre los síntomas de lo que puede ser una transformación profunda en el tiempo.” (Trescents, 1984:12).

Dada la rigurosidad en la elaboración de sus diarios, donde deja reflejado los sucesos y acontecimientos de la vida cotidiana, las conversaciones con las personas que trata, la atención personalizada e individualizada, además del seguimiento de los casos de una forma continuada, permite un conocimiento completo de su intervención socioeducativa y de la trayectoria de las personas que acompaña, los testimonios de sus “amigos y amigas” (“la voz de los marginados”), su pensamiento y sus reflexiones acerca del trabajo educativo.


El respeto.

Se ha de enfatizar el escrupuloso cuidado que ha tenido en el manejo de la información sobre las personas que ha acompañado, por ejemplo al escribir las memorias de su actuación, tiene especial cuidado en la confidencialidad y la protección de los datos de las personas; es habitual el uso de los motes o alias, que solo Adrià es el conocedor de los mismos.

Y para finalizar, evidenciar su visión crítica de la realidad social que le ha tocado vivir, su compromiso por la lucha por la justicia social y su presencia al lado de los más débiles, acompañando a las personas más frágiles y vulnerables por el camino hacia una mejor calidad de vida.

 



Bibliografía y otras referencias

* Todas las referencias electrónicas están revisadas en fecha 10/05/2013.

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Hemeroteca:

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La Vanguardia (LV), del 5 de diciembre de 1999.
La Vanguardia (LV), del 19 de marzo de 2006.

 


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