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lunes, 24 de abril de 2017
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pixel La Formación en la Educación Social
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EXPERIENCIAS
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Educación social en la Amazonía
24/jun/2011

Joan Maria Senent, Universitat de València

Artículo preparado para su descarga en pdf

1. Contexto

En la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universidad de Valencia tenemos desde hace unos años un programa de movilidad que permite a estudiantes de Educación Social y Pedagogía, recibir una beca de la universidad para realizar la parte final de sus estudios, incluyendo siempre las prácticas, en algunas Universidades de América Latina.

Hemos buscado siempre universidades que tuvieran proyectos en el área de cooperación al desarrollo, en los cuales pudieran integrarse nuestros estudiantes, Poco a poco, pues el programa ya tiene cinco años hemos ido creando esa red de universidades entre las que se encuentran las de Salta (Argentina), Bio-Bio (Chillán-Chile), Montevideo, Esmeraldas (Ecuador), Villarrica (Paraguay), Talca (Chile), San José (Costa Rica), Santo Domingo (República Dominicana). Ese grupo de universidades lo intentamos ampliar poco a poco, buscando por una parte que la universidad aumente el número de becas, lo que resulta bastante difícil y al mismo tiempo incorporando otras universidades en las que conozcamos la existencia de proyectos donde nuestros estudiantes puedan realizar sus prácticas al tiempo que cursan algunas materias en esas universidades en un período de seis meses que es la duración de las becas.

En ese contexto, cuando hace unos meses, el profesor Javier García-Gómez, compañero de la universidad y docente de la materia “Educación Socioambiental” en la Diplomatura de Educación Social de nuestra Facultad nos contó y luego presentó a los estudiantes el proyecto de “Chirikyacu”, entendí que reunía todas las características para integrarlo en nuestro programa, de forma que en el futuro pudieran llegar allá nuestros estudiantes.  Esa fue la causa fundamental de mi viaje a Tarapoto en la Amazonía Peruana. El medio que hizo posible ese viaje, además de la ayuda proporcionada por la Universidad de Valencia, fue la invitación de la Universidad Nacional de San Martín, cuyas sedes se reparten entre Tarapoto y Rioja, en esta región de San Martín, en la Amazonía Peruana.

En el programa previsto por la universidad figuraban una serie de conferencias y talleres con docentes y estudiantes en temáticas relacionadas con la educación social, la innovación educativa, la dinámica de grupos y la creación del Espacio Europeo de Educación Superior, que despierta aquí bastante interés, porque está siendo tomada como punto de partida para generar un espacio latinoamericano de características similares.

Mi sorpresa aquí fue que después de las primeras intervenciones, algunos docentes me explicaron la crisis de la Facultad de Educación, fundamentalmente por falta de alumnado, y el riesgo, parece que bastante real, que el Rectorado de la Universidad decidiera cerrarla. Por lo que me dicen, la razón fundamental es que existen muchas universidades, fundamentalmente privadas, que formas profesores por lo que se ha llegado a una situación de excesivo número de titulados con escasa posibilidad de encontrar trabajo.

Ellos buscaban algunas alternativas y al conocer el currículum del grado de Educación Social y especialmente los ámbitos de intervención de los educadores, algunas de las autoridades académicas de la facultad han pensado que esta podría ser la formación que implantaran.

Eso ha hecho que durante estos días haya tenido toda una serie de reuniones e intervenciones en las que he explicado la figura del educador social, sus ámbitos de intervención en el entorno español, sus características y al mismo tiempo he presentado los currícula del Grado de Educación Social de varias universidades españolas, documentos que ellos se han quedado para continuar su análisis.

Al mismo tiempo, uno de mis objetivos fundamentales era preparar la llegada de estudiantes de Valencia y establecer los cimientos para que también estudiantes de acá pudieran llegar a Valencia. Eso me obligaba a conocer con una cierta profundidad las diversas titulaciones que se imparten en la universidad de San Martín, sus diversas sedes, así como conocer a fondo el proyecto de Chirikyacu, vivir unos días en esa comunidad nativa y junto al profesor que lleva aquí el proyecto y los propios miembros de la comunidad analizar las tareas en las que se podrían involucrar los estudiantes valencianos.

Por ello, además del trabajo de dar a conocer la educación social aquí en la universidad, he escrito un texto que muestra una visión absolutamente personal y por ende nada científica, pero quizás interesante para dar a conocer esa realidad de Chirikyacu, el trabajo que Carlos Rengifo y Javier García ya han hecho allí, y los planes para el futuro, algunos ya iniciados y otros que hemos creado en estos días.

Aunque se aleja del estilo de un artículo de una revista, me ha parecido interesante incluir algunas fotos que pueden ayudar a conocer mejor las características de esa comunidad y de los proyectos que allí se realizan.


CHIRIKYACU  (Agua fría)

AmaneceAmanece en la selva. Son las 5.30 de la mañana y un resplandor rojizo aparece por encima de los cerros que delimitan la cuenca del río Huallaga, que junto al Marañón dan lugar al Amazonas. Los primeros rayos de sol encienden las hojas de los grandes plataneros como si de un incendio matinal se tratara. Los gallos nos regalan su primer concierto; algún caballo se une para hacerse de notar y los pájaros, cual violinistas de esta mágica orquesta llenan el aire con sus trinos.  La vida empieza lentamente en la comunidad.

En la comunidad nativa de Chirikyacu, desde el balcón del albergue Comunidad nativa“Valencia Wasi”, construido con fondos valencianos el espectáculo es grandioso. Aún no hace calor, después de una noche fresca en la que los zancudos (mosquitos) no nos han molestado mucho. Más allá del paisaje, el panorama es realmente contradictorio: los techos de palma de las casas y cabañas se entrecruzan con las antenas parabólicas para captar la TV vía satélite,  el cacareo de las gallinas que picotean junto a las casas con la música electrónica de alguien que dejó su magnetófono a todo volumen, y los hilos y postes de la luz (que llegó acá hace dos años), con el fuego que las mujeres han encendido junto a la cocina del albergue, pues prefieren cocinar así antes de con la cocina de gas. Es un permanente choque cultural. Ayer, cuando Carlos le decía algo en quechua a un niñito de 2-3 años, su madre nos decía que el niño aún no lo entendía bien y que se lo estaba enseñando, pero el niño ya hablaba castellano. La selva amazónica es en nuestra mente un lugar de vegetación exuberante, y así es en parte, pero al mismo tiempo el principal problema de acá es la deforestación. Vivir aquí es aceptar vivir en permanente contradicción.

CamionetaHe venido con Carlos, su mujer Mercedes y Marco en la camioneta de la universidad. El primer tramo del camino, hasta Lamas, se hace por carretera asfaltada. Desde Lamas la pista de tierra sube hasta la comunidad y pocas veces he saltado tanto en una camioneta. Cogido con las dos manos adonde podía y procurando no darme con la cabeza en el techo, hemos aguantado la última media hora del trayecto. Al llegar a Chirikyacu, la camioneta se hundió en el barro y hubo que bajar a empujar. Me consuelo cuando Carlos me dice que ahora el camino está “mucho mejor” y me parece increíble que los nativos no se caigan de las camionetas que hacen la ruta hasta Lamas, pues generalmente van atiborradas de gente y de bultos en un equilibrio totalmente inestable pero que suele aguantar.

Dos cosas te llaman la atención en cuanto estás unas horas en la comunidad, que tiene unos 150 habitantes: no hay muchos niños, a diferencia de lo que he visto en otras comunidades nativas y no hay hombres adultos, de más de 40-45 años. Pregunto a Carlos y me explica las razones: las mujeres toman un “viborachado” (poción hecha a partir de veneno de serpiente) que les da el Artesanachamán y que tiene efectos anticonceptivos. De esa manera regulan la natalidad. Respecto a los hombres, su respuesta es más sorprendente: los ancianos tienen sus pequeñas “chacras” (huertos) en Lamas. ¿Ancianos, hombres de 45-50 años? La palabra me golpea desde mis 58 años, pero lo entiendo rápidamente: en una comunidad donde la esperanza de vida está sobre los 55 años, un hombre de 50 es ya un anciano. Se te hace difícil de asumir pero la explicación es sencilla. En cambio si encuentro mujeres ancianas. Son ellas las que trabajan tradicionalmente el barro y los tejidos, y son ellas los que  enseñan el oficio a las siguientes generaciones. Una artesanía de uso doméstico, que no comercializan, pero que tiene un gran potencial.

NiñosLos niños y las niñas de la comunidad son especialmente guapos. Su tez y sus cabellos son bastante más claros que los de la gente de acá, lo que parece indicar un origen diverso, parece que algunas de ellas en el pasado llegaron desde la costa. Como habitualmente ocurre en las comunidades nativas, los niños son tímidos, hasta que te los ganas. Miuler y José están haciendo un puzle en un banco. Me siento con ellos y les observo. Ellos me miran con timidez. Al poco, como veo que dudan en colocar una pieza, la cojo y la pongo en un sitio que no corresponde. Miuler, el más mayor, me corrige enseguida:


- No, wikichapu, esa va acá.

- ¿estás seguro?, le pregunto

 - Si, Miuler siempre hace bien los puzzles, - dice José saliendo en su defensa-, aunque en la escuela también Rosa los hace bien.

 - Pero yo soy más veloz, asegura Miuler mientras le lanza una mirada a José como diciendo: esas cosas no se dicen.

NiñasNiños y niñas juegan por separado. Las niñas mayores han de ocuparse de sus hermanos pequeños y la separación de sexos se marca desde la infancia, aunque en la escuela están todos juntos. Para ellos yo soy “wikichapu” (barriga gorda), lo que viene muy bien para dejar tu ego en su sitio pues todos los demás se pasan el día llamándome “Doctor”. A diferencia de otras comunidades, los niños no te piden cosas pero les encanta que les regales, unas cajas de pintura, unos caramelos, un poco de conversación y dejan de verte como un extraño. Observo también que los adultos tanto hombres como mujeres, son muy cariñosos con los niños. Me dicen que los vínculos familiares son fuertes, pero también el sentimiento de pertenencia a la comunidad y que existe una relación bastante estrecha entre los adultos y los niños, casi tan fuerte como la familiar.

Cuando llegamos a la comunidad las mujeres que se encargan de la cocina del albergue, nos dicen que el Apu (Jefe de la Comunidad) y los hombres están trabajando en el campo de fútbol. presentacionesVamos allá, y efectivamente tienen un campo de fútbol cubierto de  maleza de medio metro de altura. Hoy han decidido que todos los hombres de la comunidad trabajen aquí para desbrozarlo a golpe de machete. Duro trabajo para un día caluroso. Vamos de grupo en grupo y Carlos me va presentando. Nos ofrecen un cuenco con una bebida de yuca. También nos ofrecen “yonk” (aguardiente de yuca y papaya). Carlos me ha presentado tantas veces que lo podría repetir de memoria sin error, pero la cortesía obliga, debo saludar a todos. De repente hay un poco de agitación y algunos gritos: uno de los hombres ayudándose de su vara coge una serpiente que acercaba a nosotros. Nos la muestra y se la pasa a Carlos que expertamente la coge por la boca. Las serpientes pueden ser peligrosas en la selva, por lo que hay que ir con botas. Esta era venenosa, aunque Carlos dice que no es mortal. Ha habido suerte, pues no ha picado a nadie. Carlos les devuelve la serpiente y ellos no la matan, van al borde del campo de fútbol y la tiran bajo los árboles.

Secado caféEl trabajo es comunitario, aunque la economía es familiar. Los hombres llevan el trabajo de la comunidad guiados por el Apu (Jefe) que es elegido. Las mujeres trabajan en la chacra (huerta), recogen y secan el café, a muy pequeña escala, hacen las vasijas, tejen cinchas y cinturones, cocinan  y por tanto se ocupan de recoger leña,  cuidan de los niños, etc. O sea que trabajan bastante más que los hombres, para no variar. Sus pocos ingresos provienen de la venta del café. Han tenido ingresos durante la construcción del albergue pues la ha hecho totalmente la comunidad: los hombres trabajando en el terreno y la construcción, y las mujeres tejiendo los techos de palma. Ahora la gestión del albergue, del que se ocupa la comunidad, empieza a traer algunos ingresos, tanto por el tema del alojamiento como por la cocina. En mi último día en la comunidad llegaron 90 estudiantes de la universidad a pasar el día, lo que significó un día entero de preparación, pues ellas debían darles desayuno y comida, y salieron bastante airosas.

VALENCIA WASIConviene que hable un poco del albergue “Valencia Wasi” para entender qué diablos hago aquí. La cuenca del Alto Cumbaza (afluente del Huallaga que junto al Marañón forman el Amazonas) se ha deforestado en un 80 % tanto por migrantes venidos desde la costa como desde las comunidades nativas, con el objetivo de plantar café que después crece mal porque los suelos no son fértiles. En el contexto de un convenio entre la Univ. de Valencia y la de San Martín (Tarapoto), Carlos Rengifo (de acá) y nuestro colega de Magisterio, Javier García-Gómez, también profe en Educación Social,  plantearon el  proyecto de construir un albergue que permitiera desarrollar un turismo ecológico y otras iniciativas, de manera que la Comitécomunidad tuviera unos ingresos que le permitieran dejar de deforestar. Después de varios intentos consiguieron que la Generalitat se lo financiara y en los dos últimos años lo han construido: un albergue con ocho habitaciones dobles con baño, un tambo (sala comunitaria), cocina y comedor, así como un edificio de administración.  Ahora empieza a explotarlo la comunidad a través de un comité de gestión. Y aquí entramos nosotros: Javier nos propone que integremos este destino en nuestro programa de becas en América Latina. Y en esas estamos, intentando que nuestros estudiantes lleguen aquí el próximo año, al tiempo que estudian en la Universidad Nacional de San Martín.


GENTES DE CHIRIKYACU

ReuniónLa noche de nuestra llegada le pedimos al Apu que convocara una reunión en el Tambo. Queríamos retomar los orígenes del proyecto y explicarles los siguientes pasos, incluida la llegada de los estudiantes valencianos. Inicialmente acudieron solo cuatro personas (hombres claro). Le preguntamos si iban a venir más. Nos miró en silencio (el Apu habla poco) y al final dijo: “están convocados”. Nosotros entendimos: demasiado  “yonk” (aguardiente) a lo largo de una jornada de macheteo. El alcoholismo es uno de los problemas entre la población masculina. Así que decidimos empezar y a poco, Mercedes trajo a las mujeres que trabajaban en la cocina. Se quedaron en segunda fila y no intervinieron, pero ya era un logro que hubieran venido.

Apu (Jefe)El Apu es un chico joven, sobre 25-30 años, de rostro poco oscuro y mirada un poco hosca, pero en realidad es cordial y sencillo. Le preocupa bastante la comunidad que siempre está a la cabeza de sus razonamientos. Habla poco y parece estar siempre observando. Es bastante cariñoso con sus hijos con los que le he visto en varias ocasiones. De alguna manera representa las nuevas generaciones de la comunidad. Se entiende bien con Carlos y ha sido un apoyo para vencer las susceptibilidades que todo proyecto levanta en las comunidades nativas, hartas de ONGs que pasan por allí, anuncian muchas cosas y luego no cumplen nada.

A Lindel, el Apu (jefe) me lo gané cuando le regalé una gorra de la universidad, que ya no se quitó en los días siguientes. También le regale cajas de pinturas, lápices, carpetas, gomas y bolígrafos de la universidad para la escuela. Sé que vendrán bien pues no hay mucho material y a los niños se las vi usar ya el día siguiente.

VasijaEl día de nuestro regreso, desayunábamos sobre las siete. Las cocineras y Mercedes habían preparado café, humitas y jugo de maíz morado (una bebida riquísima a base de maíz morado hervido, clavo, canela y piña). De repente apareció el Apu en la puerta. Llevaba un objeto envuelto en periódicos y se quedó en la puerta. No sabíamos qué hacer, si debíamos o no invitarle a desayunar, así que me levanté y salí a su encuentro. De los periódicos sacó una pequeña vasija y me la dio diciéndome que su esposa la había hecho para que la llevara a mi “hatun kocha allpa” (tierra junto al agua grande). Supuse que se refería al mar. Le pregunté si había estado alguna vez en el mar. Me dijo que no, pero que sabía que las aguas eran del color de mis ojos. Cogí la vasija, emocionado. Es la fuerza de los gestos sencillos la que te acerca a las personas.

TejerEn la tarde anterior, Marco, ex-Rector de la Universidad de San Martín, Carlos y yo habíamos caminado hasta  “Aviación”, otra comunidad nativa. La ruta no era larga, unos 3 km, pero bajo el sol ecuatorial y cuesta arriba se hacía infinita. Esta comunidad era más grande en casa y población, pero al mismo tiempo se la veía bastante más pobre. Algunas mujeres tejían junto a las cabañas. Las casas de los nativos son de madera con el techo de palma seca. Tienen una única estancia sin ventanas, a veces con un pequeño piso para dejar plantas o frutos (plátanos, yuca, maíz o papas) como las “cambras” o “andanas” valencianas. Carlos nos lleva a una casa pues quiere visitar a Alberto. Es un chico de 32 años. Quedó parapléjico hace 12 años en un accidente de camioneta. Entramos en su casa y no lo vemos, hasta que su madre nos señala un camastro en una esquina casi en la oscuridad, tapado con una sábana como mosquitera. Asoma la cabeza, está muy demacrado. Hace meses que no se mueve de allí. El “centro de salud” (una pequeña enfermería) de Aviación cerró hace tiempo. En el de Chirikyacu no lo atienden porque no es de allí. En el de Lamas ya le dijeron que no podían hacer nada. Ahora está ya llagado y con dolores. Mantiene una vaga esperanza, pues un promotor de salud pasó por allí y dijo que iban a ayudarle. Pero de eso hace meses. Hablamos un rato con él. Mientras tanto, la miseria y la suciedad son su única compañía.  Sentimos el olor de la muerte. Salimos de allí y caminamos en silencio bajo un sol abrasador. Los tres sentimos el peso de la rabia y la impotencia, de la falta de recursos y de la estupidez humana.

Lavando un caballoMás allá, unos muchachos lavan un caballo, unas mujeres tienden la ropa, unas ancianas tejen. La vida vuelve poco a poco a nuestro alrededor. Marco empieza a hacerme preguntas sobre la Educación Social. Parece que he llegado en un momento crucial para la Facultad de Educación: demasiadas universidades formando maestros durante muchos años, por lo que cada vez hay menos candidatos. Buscan una carrera diferente. Por las exposiciones que he hecho en la universidad los días anteriores, parece que la Educación Social les ha interesado. Marco está convencido de que es la carrera que deben poner pues ese profesional no existe en Perú, al menos no en la Selva. Nos sentamos bajo las hojas de un gran platanero junto a un pequeño tambo y platicamos. Pienso que de todos los sitios en los que he explicado qué es la Educación Social, este es uno de los más atractivos y relajantes.

Macheteando el campoLa tarde va cayendo cuando llegamos a Chirikyacu. Los hombres siguen macheteando el campo de fútbol ya casi sin maleza. De repente, oímos gritos de las mujeres que cocinaban bajo un tambo y todos se pusieron a correr. Un perro ha cogido un trozo de cecina que las mujeres cocinaban y huye perseguido por todos. Los hombres no lo consiguen coger, los niños lo siguen más tiempo pero sin éxito. Después todos chillan y ríen divertidos de la escena. No cuesta mucho la alegría con la gente sencilla.

EsfuerzoEn el día de regreso, poco después del amanecer, Carlos y yo platicábamos sentados en el tambo sobre lo que podrán hacer los estudiantes de Valencia que vengan acá. Veíamos muchas posibilidades: colaborar con el maestro en la escuela, que además está a punto de jubilarse y quién sabe si vendrá otro, trabajar en la promoción e igualdad de las mujeres, desarrollar educación sanitaria, cooperar en el desarrollo de materiales para la educación bilingüe, plantear hábitos de trabajo en la gestión del albergue, colaborar en la implementación de la educación ambiental y sus repercusiones sobre el terreno, ayudar en la difusión de su folklore y al mismo tiempo aprender muchas cosas, desde la cocina sencilla de las mujeres hasta el conocimiento de las plantas de los hombres, desde la experiencia de la vida sencilla, hasta el esfuerzo por satisfacer sus necesidades con sus propias manos. Los dos creemos que para ellos será una experiencia interesante.

NiñosMientras hablamos las mujeres van llegando a la cocina para seguir en preparación de las comidas de los 90 estudiantes que hoy vienen.  Llegan con los niños pequeños que les ayudan y juegan a su alrededor mientras ellas trabajan, en una escena que resulta muy familiar. Hablan quechua en voz baja mientras trabajan a un ritmo continuo y tranquilo. Cuando llegan los “carros” de la universidad, se organizan para repartir los desayunos en grupos de 16, pues en las mesas del comedor no caben más. Mientras tanto Carlos y yo hemos organizado una presentación del proyecto en el tambo, para el conjunto de profesores y estudiantes que han llegado.  En la difusión de la estructura creada, hoy es un día señalado pues es un grupo importante de gente que va a conocer el proyecto. Empieza Marco, se nota el peso de la autoridad, luego el Apu, luego Carlos presenta el power del proyecto y yo le hago de ayudante. Finalmente, Belardo, el presidente del Comité de Gestión del Albergue, explica las infraestructuras que se han creado, con su muletilla “y esto” que repite en cada frase. Les indica los precios: 15 soles (4 €) por dormir y 12 soles (3,40 €) la pensión completa. Son precios moderados incluso para los estudiantes de acá. Acabado el acto, ya entrada la mañana, los estudiantes van a marchar hasta unas cataratas cercanas conducidos por guías de la Comunidad, mientras nosotros iniciamos nuestro viaje de vuelta.

CaminandoDe vuelta a la camioneta y a los saltos. Decidimos para en Lamas, a medio camino, para descansar y para que yo la conozca. Se le llama la ciudad de los tres pisos, pues está ubicada en tres alturas. Vamos a la plaza del “Waicu”, el barrio inferior. La plaza de armas, construida por los españoles en el XVI, es sencilla y bonita. Es domingo y están de  fiestas por lo que muchos visten sus trajes de gala. Carlos ha encontrado un hombre (parece que los huela) que hace de promotor de las cultura, tradiciones y folklores y enseña quechua. Nos explica lo que hacen en Lamas y de nuevo Carlos le cuenta el proyecto de Chirikyacu. Se intercambian teléfonos para seguir hablando pues podría ser un buen fichaje.

Tomando un cocoCuando circulas por las carreteras de la selva, hay pocas cosas más agradables en una tarde calurosa como esta, que pararse en uno de los puestecitos que ponen al borde de la carretera y “hacerse un coco”. Le señalas el que quieres de los que tienen en el puesto o de los del cocotero, lo coge la señora, pues en los puestecitos casi siempre son mujeres, un golpe de machete en la parte de arriba, te da una pajita y a beberte el coco. Sorprende la cantidad de agua que tiene y lo fresca que suele estar. Después si tienes hambre, le pides que te lo parta y te comes la pulpa. El coco ha sido la antesala agradable de la vuelta a la ciudad, al ruido y a la contaminación de Tarapoto. Cuando llegamos, aún pica el sol y un fuerte cansancio parece haber caído sobre mí. En cualquier caso, bien lo valen las vivencias intensas de estos días.

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