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Entre la coherencia y la ambigüedad, la (in)formación

Autoría:

Enric Miró. Educador social. Actualmente trabaja dirigiendo proyectos de dinamización sociocultural juvenil.

Resumen

La formación de los animadores y las animadoras socioculturales ha evolucionado de forma paralela a la evolución de la práctica profesional. Las formaciones anteriores a la Diplomatura en Educación Social y al Ciclo Formativo de Grado Superior de Animación Sociocultural fueron un elemento catalizador en el proceso de profesionalización. La entrada de estas formaciones en el ámbito académico reglado ha permitido la superación de la figura profesional del animador sociocultural y la aparición de un profesional con una competencia más amplia.

Sin embargo, nos encontramos en un momento en el que las prácticas cotidianas de la animación sociocultural y el discurso formativo se distancian. Transformaciones de amplio alcance en las formas de entender la participación social y el desarrollo cultural han provocado cambios en el ejercicio profesional y en los encargos que recibimos los animadores. En cambio, el discurso que los centros de formación reglada transmiten sobre la animación sociocultural no ha variado demasiado.

El rediseño de los programas formativos universitarios que comporta el cumplimiento de la declaración de Bolonia y las innovaciones organizativas que se están introduciendo en el ámbito de la formación profesional pueden ser una oportunidad para superar esta situación y volver a hacer de la formación y la práctica elementos indisociables de una misma realidad profesional. La responsabilidad de asumir estos retos de futuro no es, por tanto, de los centros de formación únicamente, sino que es una responsabilidad de todo el colectivo profesional.

 

Como práctica profesional, la animación sociocultural ha evolucionado desde el sustrato de la militancia social de los años sesenta y setenta hasta la aparición de un profesional con unas competencias y unas funciones más amplias de las que, en sentido estricto, corresponden a la animación sociocultural: el educador/a social.

Esta evolución de la profesión, acompañada de las importantes transformaciones generales que ha vivido nuestra sociedad en estas últimas tres décadas, se ve reflejada, con precisión, en los diferentes diseños de programas formativos de animadores socioculturales que hemos conocido.

Así pues, hablar de la formación de los animadores y las animadoras socioculturales es hablar del desarrollo y la evolución de la profesión en nuestro territorio. Es difícil entender la situación actual, y más difícil aún formular valoraciones y propuestas, sin tener en cuenta la trayectoria llevada a cabo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? o ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Hasta la entrada de la animación sociocultural en el ámbito de la formación reglada, con la implantación del Ciclo Formativo de Grado Superior de Animación Sociocultural y la Diplomatura de Educación Social, la formación de los animadores socioculturales fue una responsabilidad asumida desde las instituciones que “practicaban” la animación. Esto quiere decir:

  • desde el sector asociativo, con un protagonismo muy especial de las entidades de tiempo libre infantil y juvenil que habían proliferado durante los años setenta, y 
  • desde la administración municipal que, con la constitución de los primeros ayuntamientos democráticos, se encontró en una situación paradójica: los nuevos gobiernos locales requerían interlocutores con la sociedad civil, pero, al mismo tiempo, las entidades ciudadanas estaban entrando en un proceso de crisis y atomización y sufriendo una pérdida de capacidad de movilización y de representatividad social. Ante esta realidad, la administración local comenzó a impulsar proyectos de animación sociocultural con el objetivo de potenciar la participación ciudadana y el asociacionismo de todo tipo. Empezaron a aparecer equipamientos culturales polivalentes de base (centros cívicos, casas de cultura, centros recreativos infantiles, de jóvenes, de personas mayores…) gestionados por unos “nuevos profesionales” procedentes, prácticamente en su totalidad, del ámbito asociativo, que sustituían sus carencias formativas con grandes dosis de militancia y de voluntariedad.

Por tanto, la formación de estos primeros animadores y animadoras fue asumida por las mismas organizaciones que promovían los proyectos de animación sociocultural. Formación y práctica fueron dos caras de una misma moneda durante todo el proceso de “constitución” de la profesión. La animación sociocultural, como realidad profesional, se ha construido a partir de la práctica, y parte de esta práctica ha sido la experimentación, la información directa y el intercambio de experiencias, que han sido las principales fuentes de formación profesional.

La distinción entre formación inicial y formación continuada que ha comportado la entrada en el sistema educativo reglado de la formación de los animadores socioculturales es un fenómeno propio de este modelo formativo que no se daba anteriormente.

Los programas de formación no reglados permitieron, por su flexibilidad, que los debates, las inquietudes, las ilusiones, las prácticas, las técnicas, los experimentos… de los profesionales encontrasen espacios de expresión y reflexión. Fueron los cimientos que permitieron empezar a construir el discurso de la profesión aquí y jugaron un papel importante en la difusión de la animación sociocultural como práctica profesional. Se ha de reconocer la contribución que hicieron estos centros de formación, de forma muy significativa, a la construcción de una identidad profesional y a poner un poco de orden conceptual en una serie de prácticas diversas y heterogéneas por definición.

Ahora bien, realidades diversas, instituciones diversas, prácticas diversas… formaciones diversas. En 1986, en el primer estudioLÓPEZ DE CEBALLOS, P. Formación de animadores y dinámicas de la animación. Madrid: Editorial Popular, 1987. que se hizo sobre la formación de los animadores en España, se detectaron unos 51 centros de formación. Todos ellos con programas, contenidos y duración diferentes. Si bien es cierto que estos espacios de formación contribuyeron de forma clara a la construcción de la profesión, también lo es que el paso de la profesionalización definitiva tenía que venir de la mano de la creación de una formación reglada.

Paralelamente a este proceso de profesionalización se han producido de forma simultánea toda una serie de cambios conceptuales en el núcleo central de la animación sociocultural, que es la participación social en el desarrollo cultural. La concepción que unos y otros tenemos sobre la participación y sobre la cultura ha cambiado substancialmente a lo largo de estos treinta años. Me atrevería a decir que del entusiasmo y el optimismo que sentimos con la llegada de la democracia, hemos pasado a un cierto desencanto donde es fácil escuchar los lamentos de los profesionales de la animación. Ya hace tiempo que se habla de los animadores desanimados. La movilización y la participación social son objetivos cada vez más difíciles de conseguir.

Por un lado, si repasamos las hemerotecas y los eslóganes de las campañas institucionales, comprobaremos que el discurso político sobre la participación social ha evolucionado y ha pasado por diferentes momentos que podemos identificar con términos concretos, desde la resistencia de los sesenta y buena parte de los setenta, pasando por el asociacionismo del los ochenta y el voluntariado de los noventa, hasta el civismo de hoy mismo.Es curioso observar cómo al final de esta progresión en la concepción "oficial" de la participación social aparecen grupos que vuelven a hablar de "Resistencia".

Estos cambios en el discurso político, motivados por unos cambios sociales mucho más profundos, han afectado y mucho al encargo que los profesionales de la animación hemos recibido en cada momento y han puesto de manifiesto que la animación sociocultural puede ser entendida como motor de transformación social o como mecanismo de control e instrumento de adaptación para garantizar una cierta estabilidad social.

Por otro lado, con la crisis del modelo de desarrollo industrial, la cultura ha adquirido un papel principal como motor de transformación económica de los territorios.

Este hecho ha provocado que, durante un tiempo, los argumentos centrados en el desarrollo económico -que también podríamos llamar comercial- han pesado más que los de la educación social en el marco de las políticas culturales. En realidad, cuando se ha hablado de “desarrollo local”, en la mayoría de ocasiones, se está hablando de “desarrollo económico local” y no de un desarrollo educativo, social y cultural, en sentido amplio. Manuel Vázquez Montalbán resumió perfectamente esta situación afirmando que las políticas culturales se planifican en los ministerios de economía.

De rebote, una secuela de esta visión ha sido el divorcio, con perspectivas de reconciliación, entre los profesionales de la gestión y los de la animación cultural, producido por la elaboración de dos líneas discursivas centradas en perspectivas y técnicas de trabajo diferentes que han generado lenguajes paralelos.

Mientras que la línea discursiva de la gestión cultural ha puesto el acento en el análisis de los “públicos” para el diseño de “productos culturales” con herramientas propias del marketing y una orientación clara a los resultados en términos de eficacia y eficiencia, la otra lo ha hecho en el “análisis y diagnóstico de la realidad” para la definición de “proyectos de intervención” con herramientas propias de la programación didáctica y prestando especial atención a los procesos y a las experiencias vivenciales de los grupos y las personas. Las divergencias y la diferenciación entre estas dos visiones han marcado un cierto distanciamiento y han centrado buena parte del debate sobre las competencias, las funciones y el perfil de los profesionales de una y otra.

Estos cambios en el núcleo conceptual de la animación sociocultural (participación y cultura) han afectado profundamente la forma de entender y, sobre todo, de practicar la animación. Asistimos a una pérdida de sustantividad de la animación sociocultural en el marco global de las intervenciones educativas. Este hecho se hace visible en la multiplicidad de denominaciones que se utilizan para referirse a los profesionales de la animación sociocultural: dinamizadores, técnicos de participación, monitores, técnicos de juventud o de personas mayores… cada vez es menos frecuente encontrar la denominación “animador sociocultural”, probablemente porque cada vez son menos los proyectos que tienen por objetivo central la transformación social y el desarrollo cultural promovidos desde la participación.

En medio de esta situación llegó la implantación de la formación reglada en el ámbito de la animación sociocultural. En un momento en el que, probablemente, teníamos – o tenemos- más preguntas que respuestas.

Pues… ¡aquí estamos!

La entrada de la animación sociocultural en la esfera institucional de la formación reglada, del sistema educativo formal, vino de la mano de la creación de dos titulaciones en un contexto de reforma general del sistema educativo, a finales de los ochenta y durante la primera mitad de los noventa. Estas dos titulaciones son el Ciclo Formativo de Grado Superior de Animación Sociocultural y la Diplomatura de Educación Social.

El diseño de las dos titulaciones se hizo en paralelo. Por un lado, desde el ámbito universitario se trabajó por la creación de la Diplomatura de Educación Social,A partir de 1985 se comienza a hablar de la necesidad de una formación universitaria en los departamentos de ciencias de la educación de las universidades catalanas y en algunos ámbitos de la práctica profesional. Paralelamente, en el marco del proceso de reforma universitaria abierto en aquel momento, se inician los debates sobre las nuevas titulaciones universitarias y el Consejo de universidades del estado constituye "la comisión XV" como grupo de expertos para la propuesta de titulaciones no docentes en Ciencias de la Educación. mientras que el Ministerio de Educación puso en marcha una serie de equipos de trabajo para el diseño de las nuevas titulaciones de formación profesional.

Estos procesos generaron dos titulaciones oficiales, con muchos puntos de contacto y con algunos solapamientos. Se pasó de no disponer de ninguna titulación oficial a disponer de dos.

Es muy ilustrativa la cita que abre el documento final de las Jornadas sobre la formación de los educadores y agentes socioculturales que se celebró en Barcelona en abril de 1988 y en las que se pusieron las bases para la definición de la Diplomatura de Educación Social:

“En momentos como el presente en que se habla… de un montón de educaciones que cuesta recordar, es importante plantearse si de educaciones hay muchas o sólo hay una que requiere una diversidad de procedimientos y una matización de las finalidades propias de cada momento según el sector de la vida del educando en que incide.
Si partimos de muchas educaciones es que tenemos más presente aquello especial que hace el supuesto educador que lo que hace el educando. Si, por el contrario, ponemos al educando en el centro de la consideración del problema, se plantea necesariamente la unicidad del proceso educativo y la exigencia de la globalidad del conjunto de la experiencia que vive en ámbitos diversos.”

Joaquim FRANCH. El tiempo libre como proyecto. Barcelona: Generalitat de Catalunya, 1985.

Este argumento, perfectamente expresado por Joaquim Franch, planteó la oportunidad de la unificación de trayectorias profesionales hasta el momento cercanas pero diferenciadas: la educación especializada, la formación de adultos y la animación sociocultural. Este diseño unificado, con un conjunto de contenidos comunes y una serie de contenidos específicos para cada ámbito profesional, ha supuesto el nacimiento de una nueva identidad profesional y la superación de las anteriores.

La implantación de la titulación y la génesis de esta nueva identidad profesional no ha estado exenta de tensiones entre los profesionales. Por un lado, se han tenido que superar los sentimientos de identificación personal con la profesión, y eso de formar y transformar identidades sabemos que es un proceso laborioso. Por otro lado, se han tenido que establecer mecanismos de habilitación y homologación para que profesionales que protagonizaron el nacimiento y la evolución de la profesión, hasta el reconocimiento de su mayoría de edad con la entrada en el ámbito universitario, no fueran excluidos de su futuro.

Hoy, creo que podemos felicitarnos unos y otros porque estas cuestiones están prácticamente cerradas. La creación de la carrera, primero, la formación del colegio profesional, después, y el proceso de homologación y reconocimiento de titulaciones anteriores a la entrada en vigor de la diplomatura que se ha resuelto con el curso de nivelación, finalmente, han supuesto los tres momentos clave en el proceso de implantación completa de la titulación, porque una formación no está plenamente implantada hasta que no tiene el reconocimiento de los profesionales, en particular, y de la sociedad, en general.

El proceso de implantación del Ciclo de Grado Superior de animación sociocultural tiene algunas diferencias respecto al de la Diplomatura. En primer lugar, porque en Catalunya el proceso se ha hecho, prácticamente, sin la participación de los profesionales y, en segundo lugar, porque los profesionales en activo hemos estado mucho más atentos al proceso que ha significado la implantación de la Diplomatura que no al que ha seguido el ciclo formativo.

Aunque algunos contenidos entre las dos titulaciones son compartidos y que, en la práctica, los contratantes no diferencian especialmente entre una u otra para algunos lugares de trabajo, el ciclo formativo ha acabado siendo un hermano pequeño de la Diplomatura, desde el punto de vista del ejercicio profesional, y un mecanismo de acceso a ésta, en muchos casos, desde el punto de vista académico.

En este sentido, la reciente introducción de medidas para permitir que algunas materias de la Diplomatura puedan ser convalidadas a los titulados en el ciclo formativo, amplía la posibilidad de concebir la formación de los educadores sociales de una forma más amplia e integrada en la práctica profesional.

¿Y ahora…qué?

Pues bien, la formación inicial de los animadores socioculturales se ha consolidado en el marco de la Diplomatura de Educación Social y del ciclo formativo de grado superior.
Y hemos pagado el precio: la segregación de la formación inicial de la práctica profesional directa y que ésta sea considerada en mayor grado una acreditación oficial para el acceso a la profesión y no un espacio y un tiempo para el debate profesional.

Al mismo tiempo, la realidad actual de la práctica profesional en el ámbito de la animación sociocultural se caracteriza por el predominio de proyectos centrados en la difusión cultural y en la educación en el tiempo libre, y por una disminución, cuantitativamente hablando, y con muchas honrosas excepciones, de proyectos orientados a la participación y la transformación social. La mayoría de los encargos que recibimos ponen más acento en la prevención de los conflictos, que no en la toma de consciencia colectiva de la existencia de estos como primer paso para hacerles frente.

¿Qué papel juegan los centros de formación ante esta realidad profesional? El discurso que los formadores transmiten a los profesionales, ¿puede continuar siendo el mimo? ¿Cómo hacemos vigentes las palabras leídas y releídas de Freire y Ander-Egg?

En este sentido, formación y práctica profesional son dos elementos interdependientes que se alimentan mútuamente. Limitar el papel de los tiempos y los espacios de formación al proceso de enseñanza para el desarrollo de las competencias para el ejercicio profesional, me parece, como mínimo, poco ambicioso. El papel de los centros de formación y de los formadores de animadores socioculturales también es el de contribuir, facilitando el análisis y la reflexión sobre las prácticas concretas, al desarrollo de la propia profesión, superando la información para el ejercicio profesional por una verdadera y plena formación profesional.

Otra cuestión: la metodología. El paso al sistema educativo reglado ha supuesto un encorsamiento metodológico de los diseños formativos. En la era previa a la regulación de la formación de los animadores, el componente experiencial formó parte indisociable de los procesos de formación profesional. Es importante y urgente que la formación reglada encuentre la manera de incorporar la práctica profesional directa a los diseños formativos ya que, de otra manera, corremos el riesgo de que el distanciamiento entre los programas de formación inicial y las prácticas cotidianas de los profesionales aumente hasta que no se reconozcan mútuamente.

En este sentido, los nuevos retos que se plantean para la enseñanza universitaria, en el marco del cumplimiento de los compromisos adquiridos en la declaración de Bolonia, y las innovaciones que se están introduciendo en el ámbito de la formación profesional o la matriculación modular, representan una oportunidad para hacer un nuevo diseño formativo que dé respuesta a las siguientes cuestiones:

  • Crear mecanismos de adaptación de los centros de formación a los cambios en la práctica profesional, mejorando el diálogo entre la universidad y las instituciones que generan puestos de trabajo o que representan a los profesionales. Haciendo de las empresas y las organizaciones verdaderos centros de formación y reconociendo su capacidad formadora.
  • Establecer un vínculo más estrecho entre la formación profesional (ciclos formativos de animación sociocultural y de integración social) y el estudio de grado que vendrá a ocupar el lugar de la actual diplomatura. Esta vinculación se ha abierto con el reconocimiento y la convalidación de materias de la diplomatura. Esta vinculación se ha abierto con el reconocimiento y la convalidación de materias de la diplomatura para los titulados en los ciclos formativos.
  • Mejorar la flexibilidad normativa de la universidad para que la formación y la práctica profesional sean compatibles de forma real. La práctica profesional forma parte del proceso formativo y, por tanto, las normativas de matriculación y permanencia de los centros universitarios no han de limitar la posibilidad de ejercerla.
  • Iniciar y avanzar en el proceso de reconocimiento de competencias adquiridas en la práctica profesional en el marco del sistema educativo reglado. Tanto en la formación profesional como en los estudios universitarios de grado y de posgrado.
  • Incorporar la difusión y el análisis de las prácticas cotidianas, los proyectos, los servicios y las experiencias producidas por los animadores en su ejercicio profesional diario en la formación inicial.
  • En definitiva, hace falta diseñar un sistema de formación, inicial y permanente, para los animadores y animadoras socioculturales que integre la formación profesional, la formación universitaria y la formación en las empresas y los centros de trabajo que permita, en todos los casos, la acreditación y el reconocimiento oficial.

Por otro lado, las instituciones profesionales (los colegios profesionales, la administración, como principal impulsora de proyectos socioculturales, las empresas, las asociaciones y las entidades ciudadanas) también tenemos algunas asignaturas pendientes:

  • Hacer de la formación permanente que generamos un espacio valorado de debate y de construcción de la profesión.
  • Impulsar y difundir los procesos de participación de los profesionales en la elaboración y seguimiento de la aplicación de los diseños formativos y, en general, en todas aquellas cuestiones que nos afectan como colectvio profesional.
  • Poner de manifiesto, cada uno desde su posición, las “rebajas” que los proyectos socioculturales orientados a la participación ciudadana están padeciendo y elaborar propuestas metodológicas para hacerle frente.
  • Establecer espacios de diálogo y colaboración permanentes con los centros de formación reglada.
  • Fomentar la difusión de experiencias y de buenas prácticas como mecanismo de formación a partir de la práctica profesional.

La asunción de la responsabilidad de la formación de los profesionales, por parte de las instituciones que impulsaron las primeras prácticas en el ámbito de la animación sociocultural en nuestra casa, permitió que esta profesión creciese y que hoy dispongamos de una formación reglada que nos otorga un reconocimientos social. Hoy, esta responsabilidad es compartida con los centros y las instituciones educativas, pero continúa siendo nuestra, del colectivo profesional, porque el futuro de la animación sociocultural nos lo jugamos en la práctica y la formación de los profesionales es parte de esta práctica.

(1) LÓPEZ DE CEBALLOS, P. Formación de animadores y dinámicas de la animación. Madrid: Editorial Popular, 1987.

(2) Es curioso observar cómo al final de esta progresión en la concepción “oficial” de la participación social aparecen grupos que vuelven a hablar de “Resistencia”.

(3) A partir de 1985 se comienza a hablar de la necesidad de una formación universitaria en los departamentos de ciencias de la educación de las universidades catalanas y en algunos ámbitos de la práctica profesional. Paralelamente, en el marco del proceso de reforma universitaria abierto en aquel momento, se inician los debates sobre las nuevas titulaciones universitarias y el Consejo de universidades del estado constituye “la comisión XV” como grupo de expertos para la propuesta de titulaciones no docentes en Ciencias de la Educación.

Los días 25, 26, 27 y 28 de abril de 1988 se celebraron en Barcelona las Jornadas sobre la formación de educadores y agentes socioculturales, convocadas por la Generalitat de Catalunya, el Ministerio de Cultura, el Ayuntamiento de Barcelona, la Universidad de Barcelona y la Universidad Autónoma de Barcelona. Curiosamente, el Ministerio de Educación no estaba entre los convocantes.